Cuando Tim Cook asumió la dirección de Apple en 2011 tras la muerte de Steve Jobs, el escepticismo era generalizado. Muchos analistas pensaban que su papel sería simplemente mantener el rumbo durante unos años antes de que la empresa perdiera relevancia. Jobs había sido una figura irrepetible, un líder visionario que no solo definía los productos, sino también la cultura de la compañía. Cook, en cambio, venía del mundo de las operaciones, con un perfil mucho más técnico y menos carismático. Sin embargo, con el paso del tiempo, su gestión no solo disipó esas dudas, sino que transformó profundamente la naturaleza de Apple.